Para las cosas cruciales que el
dinero no puede comprar, está Jesús. Su sangre fue el pago completo para
nuestra libertad de la culpa, el miedo y la muerte. La Biblia nos dice:
“Como bien saben, ustedes fueron rescatados de la vida absurda…no se
pagó con cosas perecederas, como el oro o la plata, sino con la preciosa
sangre de Cristo” (1 Pedro 1:18,19).
Imagínese si usted estuviera a
punto de ser ejecutado justamente, o sea, por los crímenes que haya
cometido y se encuentra preso esperando el final. De pronto, su hermano
entra a la cárcel y toma su lugar. Él muere y usted queda libre porque la
sentencia fue cumplida; su hermano inocente la cumplió en su lugar. Él
compró (redimió) su vida con la suya.
Todo el mundo es pecador y
merece la muerte eterna. Sin embargo, Jesús, el Hijo perfecto de Dios,
vino desde el cielo para tomar nuestro lugar. Él soportó el castigo que
nuestros pecados merecieron para que quedáramos libres de la prisión de la
muerte eterna. La deuda de nuestros pecados sobrepasa la habilidad para
pagarla; es por eso que Jesús en amor la pagó con su sangre en la cruz del
Calvario.
El dinero hace maravillas, pero
no puede comprar una buena relación con Dios. Esto es un regalo del amor
de Dios que se pagó con la preciosa sangre de Jesús.